Hoy he tardado mas de una hora buscando. Pero no encuentro. No encuentro porque no sé lo que estoy buscando. O tal vez, puede ser que no quiera encontrarlo.
Luego al acostarme en la cama desabitada de tu olor y tu presencia, me entra una nostalgia enorme. La que siempre me da después de que alguien se despide de mí indefinidamente. Cuando me dicen lo que merezco que me digan. Y termino siendo el pernicioso hombre de las mil frases que nunca se le acomodan, porque yo no debo escribir de amor, porque no lo descifro, porque no debo seguir así, porque hago daño en mi aspiración de hacer un poquito más feliz a alguien aunque sea un ratito. Porque creo que de eso se trata.
Todo eso se acomoda en el lado derecho de mi cabeza mientras apoyo el mentón en las rodillas. Entonces decido irme de allí rápidamente, caer en el living, arrebujarme en la alfombra, entre los “puf”, los cigarros, el ron y la guitarra.
Esta tarde he tardado más de una hora buscando la canción. Porque mis dedos querían tocar algo movido, mi cerebro algo estimulante y mi corazón buscaba lo punzante. Me rasqué la comezón de cabeza que no tenía. Descanse la cara en la cintura de Ricarda. Nada me sonaba pertinente ni acertado… o por lo menos adecuado.
Hasta que lo hallé. Y toqué… ¡Oh por dios! Te juro que sonaba tan propicio a esta ocasión que me entró una retahíla de sentimientos, de color, de cuerdas movidas, estimulantes y punzantes. Pensé un momento en dejar de tocar. Pero luego repasé cada nota sin error. Hasta terminar… Cuando repetí a mi inconciente cual comensal que haya degustado un exquisito filete… “Que sabroso”…
Me recosté, quise hacer planes. Quedar con Ana, con Ime o con Carlos. Después de todo era sábado y quería ocupar mis pensamientos en otra cosa que ya no fueses tú. Como verás no sirvió… en un principio.
Ya son las diez de la noche. Y ya sé que encontré. ¿Sábes que era?... te vas a reír, es absurdo pues… Encontré lo que siempre me busqué. Y no sé si sentirme peor o mejor. O quedarme como estoy. Por un lado me rasca la melancolía del saber que ya no procede mi figura contigo. Y por otro la complicada complacencia de saber que ya mas daño no te puedo hacer.
Tienes razón en decir que no soy un juguete. Es sólo que hay que jugar a vivir.
Ahora quiero tardar más tiempo sin buscar. Ahora quiero estarme quieto y callado. Dedicarme a lo que hago y no a lo que haces y hacen todos. Muchas veces me he buscado y siempre me he logrado encontrar en algún rincón, más añejado y con los ojos un poco más decepcionados.